La Indumentaria Tradicional                en Velilla de la Reina

La localización geográfica de Velilla de la Reina permite considerar este territorio como un “espacio de transición” entre el Alto Órbigo y el Páramo. Este hecho, aparentemente sin transcendencia, ha podido determinar, por fútil que parezca, las características del atuendo tradicional que portaron las gentes de este pueblo. Hablamos de una forma de vestir que se remonta al siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, que es el período que representan la mayoría de las piezas que se exponen en la breve pero interesante exposición sobre La Indumentaria tradicional de Velilla de la Reina. El traje que calificamos como tradicional, representa, ante todo, una adaptación a las pautas que determina la costumbre a través de las conductas y usos del conjunto social que lo viste. En consecuencia, revela la unidad del grupo y la distinción individual. En cuanto al grupo social, las particularidades de las piezas que lo componen, la forma de vestirlas, los colores y los adornos, pueden llegar a generan identidades respecto a otros núcleos y a otras zonas o comarcas. En cuanto a la individualidad, reúne rivalidades distintivas, coquetería, vanidad, sentimiento de autoestima e imagen de riqueza. El vestir estaba sujeto a mediaciones tan evidentes como el clima, la costumbre, la idiosincrasia de las gentes, la confección −que permitía aplicar las variantes que marcaban las modas− y la disponibilidad de paños de lana y lienzos de lino, elaborados unas veces en telares propios y otras en talleres tan lejanos como Segovia, Cuenca, Zamora, Béjar, Astudillo, Frechilla, Tábara, etc., o adquiridos a vendedores ambulantes o en centros comerciales tan próximos como La Bañeza, que ofrecían la prenda confeccionada. En definitiva, si hacemos una valoración de conjunto, hay que considerar, como bien han dicho Javier Emperador, la existencia de múltiples variantes en el contexto cronológico en que situamos esta muestra. Dentro de este vestuario, lo había de diario y de fiesta, también llamado dominguero o de gala, que era el propio de las nupcias. En algunos casos, el de gala podía constituir un tercer traje, que era vestidura más exquisita que la de fiesta, empleado en ceremonias tan especiales como la del casamiento, aunque esta posibilidad era muy exclusiva. El traje de diario ha tenido más dificultades en su perduración, pues el uso generaba deterioro, por lo que su pervivencia ha sido complicada, mientras que el de fiesta o el de gala, junto a la joyería, se han cuidado y conservado, siempre con esmero, hasta nuestros días. Estos últimos y los domingueros son los que principalmente constituyen la herencia material que nos ha llegado de aquel vestir. En términos generales, la mujer se cubría la cabeza con pañuelo de “merino” o de seda, algunos bordados o con estampados; para el torso, camisa de lino con bordados en rojo y azul en la pechera y puños; jubones o chambras de paño, seda o tela adamascada, sobre la camisa, que se estrenaban el día de la boda junto a un mantón negro, rectangular, con motivos florales bordados en seda y cerras de “moco de pavo”; como prendas de abrigo, mantillinas, mantillas y dengues de paño negro para “salir a misa” o para “guardar luto”; para los hombros, mantones del “ramo”, “merinos”, pañuelos “merinos” estampados, los famosos zurrungallos, y los “mecánicos” que se conocían como “franceses”; de cintura para abajo, zagalejos, enaguas con puntillas y manteos negros de paño de Astudillo –posteriormente, sayas negras y faldas tableadas a comienzos del siglo XX−, adornados con tiranas de terciopelo y agremanes o con sencillos picaos si el rodao era de otro color, añadiéndose una faltriquera, ricamente bordada, y las colonias o cintas de seda que desde la cintura caían por la parte posterior del rodao; sobre estos se llevaba un mandil de rusel o de tela adamascada con abalorios, pasamanería o bordados florales con felpilla de colores; las medias eran blancas, de lana o algodón, y el calzado, de paño y piel. La joyería estaba compuesta por arracadas, “pendientes de calabaza”, polcas −todos ellos de plata sobredorada−, gargantillas y collaradas de coral o con cuentas moras, romanas y de pasta vítrea, de las que se colgaban medallas, cruces, avellanas de plata, relicarios e, incluso, amuletos. El traje de diario estaba formado por pañuelo de cabeza de “bordado mecánico”, camisa de lino, rodaos de estameña verdes, rojos, con lorza y cortapisa de otro color, mandil negro, medias, chapines y madreñas. La indumentaria masculina no tuvo la variedad de la femenina. Se utilizaron paños de pardo, estameña y, posteriormente, otros más finos, forrados con lienzo de lino. Con ellos se compusieron monteras, sombreros, chaquetillas, chalecos de color pardo, en azul o blancos −de cuello alto y pequeña solapa de pico, con la tirilla del bolso resaltada, y doble fila de botones de plancheta− vestidos sobre una camisa de lino. Igualmente se utilizó la blusa de billaretes, indistinta para adultos como para jóvenes. Para las piernas, bragas de trapa con botones metálicos o de pasta, aplicados, igualmente, en la abertura de la parte inferior de la pernera; faja de lana, por lo general negra, y medias blancas, también de lana o algodón, bajo unas polainas de paño, que, según la circunstania, podían ser de cuero. Como calzado, abarcas, zapatos de piel, madreñas y zapatillas de lona con suela de esparto. La prenda de abrigo más frecuente fue la capa de pardo o de paño negro con esclavina. La pana comenzaría a utilizarse a lo largo del siglo XIX, tanto para la chaqueta y el chaleco como para el pantalón. Los niños de cuna eran vestidos con gorro, camisa, jubón, babero o corbata, forlín (mantilla roja o amarilla con pasamanería), fajero y mantón, adquiriendo mayor prestancia si se trataba del traje de acristianar, en cuyo caso se le cubría la cabeza con un paño bordado. Los adolescentes solían heredar las ropas de sus hermanos mayores, con atuendos poco relevantes, si a clasificaciones tipológicas nos referimos. Mención aparte merece el traje de los guirrios del Antruejo, uniforme blanco que vestían los “quintos”, compuesto por camisa, calzones largos de lino, felpa o algodón, enaguas bordadas, una faja ancha que se formaba con el zurrungallo, una colonia que pasaba por cada hombro y que salía de la cintura por debajo de la faja, polainas y botas negras, cencerros y la consabida máscara. A partir de esta realidad cotidiana y festiva se fue construyendo la historia del vestir de Velilla, próximo a los modelos parameses, pero también sujetos a la influencia de las formas y riqueza de la ribera.

Joaquín Alonso

Indumentaria de la Mujer                                

LA DOS TIPOLOGÍAS MÁS USUALES DEL TRAJE DE MUJER: EL TRAJE DE FIESTA Y EL TRAJE DE DIARIO

TRAJE DE GALA O DE FIESTA, compuesto por pañuelo de cabeza marrón de seda natural  con bordados mecánicos en negro verde y azul, chambra adamascada negra, mantón del ramo bordado con motivos florales, rodao de paño negro con apliques de tiras de terciopelo y abalorios, mandíl marrón adornado con tiras de lentejuelas y abalorios y ribeteado en azul. El traje de gala calza zapato negro y media blanca.

TRAJE DE DIARIO, compuesto por pañuelo de cabeza morado de seda natural con bordado mecánico en verde, camisa de lino con cuello y puños bordado en lana con tejido real, pañuelo de espalda merino o zurrungallo estampado con motivos florales, rodao encarnado con apliques florales y de tiras superpuetas en paño negro, mandil negro bordado en lana con motivos florales, media blanca o de color y zapato negro atado con lazos; aunque el traje de las faenas diarias de trabajo calza chapines y madreñas. 

LAS PRENDAS MÁS COMUNES

 

Izquierda: Mantilla alargada o Esclavina, de paño negro con tira de terciopelo; se usaba para asistir a la iglesia a los actos religiosos y durante el luto. - Derecha: Manton de abrigo rectángular, doblado y cosido; tejido en lana, con una gran greca bordada en seda con motivos florales y moco de pavo y cerras de tirabuzón, tambien de seda; se estrenaba el día de la boda cuando ésta tenía lugar en invierno.

Chambra de satín marrón de dibujos florales. Mangas bordadas con seda formando dibujos florales y con pasamaneria de abalorios sobrepuesta en el terciopelo de los extremos. Destaca la haldeta que cuelga en la parte trasera de la cintura y que se se coloca por fuera del rodao o de la saya (herencia de los antiguos justillos o corpiños). La chambra se usaba conjuntamente con el manteo o con la saya a juego que se estrenaban el día de la boda.

 

Izquierda: Pañuelo del Ramo, bordado con motivos florales y el pavo real.                  Derecha: Zurrungallo o pañuelo merino de espalda, con estampación floral.                 

El Mantón del ramo, bordado a mano con motivos florales que en ocasiones incluia un pavo real o el faisán; era una de las prendas más apreciadas, generalizadas, conservadas y que aun hoy siguen suscitando preferencias en el reparto de la herencias. 

Pañuelos Merinos de espalda, tambien denominados en Velilla Zurrungallos

 Pañuelos de cabeza: Los de gala son de seda con motivos florales y los más antiguos con flecos del mismo tejido, en colores mas bien oscuros: marrón, morado azules, etc., los de diario son pañuelos merínos de estampación floral, similares a los de espalda pero más pequeños.

 

Manteo, rodao o ruedo. De fino paño negro "de Astudillo", adornado con agramanes o tiranas de abalorios y de terciopelo.

Izquierda: Rodao o manteo encarnado de paño, adornado con picaos dibujando motivos florales en paño superpuesto y tiras de terciopelo, cortapisa en azul. - Derecha: Saya de estampación mecánica que se vestía, junto con la camisa del lino y el corpiño o el pañuelo merino, en épocas de más calor.

 

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Izquierda: Mandil marrón con tiranas de abalorios y lentejuelas, riveteado en azul.  Derecha: Mandil negro de seda natural estampada, con tiras de lentejuelas y flecos   

Inferior Izda: Mandil de tela negra adornado con tiranas de abalorios y terciopelo. Era el modelo más común del traje de gala de mujer en Velilla. Inferior Dcha: Mandil de tela negra adornado dibujos de motivos florales y geométricos bordados a cadeneta con hilos de colores.

 

  

Camisa de lino, cuello  y puños  con bordados policromados de tejido real.

Rodaos o ruedos. Los colores más usados en Velilla eran el rojo, negro y verde. Los rodaos de gala o de fiesta eran de paño negro fino "de Astudillo" y se adornaban con tiranas de terciopelo y de abalorios; tambien los habia de paño rojo con apliques superpuestos de tiras y picaos florales de paño negro, como el de la foto superior. Los rodaos de diario eran de estameña, por ser éste un tejido más resistente para las labores del campo; los adornos erán mímimos, una pequeña cruz esquematizada, una simple lorza y la cortapisa de otro color bordeando el ruedo, como los que se muestran en la foto.

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Faltriquera o bolsillo de mujer: se ata en la cintura, colgando por la parte derecha de la cadera y sirven para guardar cosas pequeñas, principalmente el dinero. En sudecoración suelen combinar motivos florales y geométricos.

La de la izquierda, parece muy antigua según la técnica de realización y el dibujo geomético y esquematizado central que pretende representar el clásico jarrón con las flores; está realizada a aguja de ganchillo  tejida siempre en la misma dirección y utilizando colores vivos, los más básicos y comunes: rojo, verde y azul y forrada en lino, tanto interiormente como en la parte trasera y ribeteada con una cinta negra.

La del centro es de picao de paño negro superpuesto sobre estameña roja, tambien ribeteada en negro con el mismo paño de los picados que forma un dibujo de dientes de sierra. 

La de la derecha está confeccionadas en paño negro, el dibujo floral y geométrico se realiza con hilos de varios colores cosidos "a cadeneta".

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Tiranas de abalorios y de lentejuelas que se aplicaban a los rodaos, chambras y mandiles de los tajes de gala de la mujer, etc., para darles mayor vistosidad.

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Joyería  

    

Collares de pechera compuestos por sartas  de piedras "moras" y "romanas"  pintadas a mano, sartas de pasta vítrea y sartas de avellanas de plata. Jardín o relicario con cerco adornado con alambre. Pendientes o polcas de plata sobredorada de cuerpo hexágonal con tres vidios verdes, tres blancos y uno rojo engastados, del que cuelgan tres goteras en forma de cuerpo de paloma con vidio verde o rojo engatado.

 

Relicario de plata, de jardín con dos vidrieras. Pendientes de calabaza de plata sobredorada, en la parte superior  asa y reasa en ese para unir al cierre. en la parte central dos esferas de filigrana unidas por un tubo con estrias. Las esferas poseen en cada de las semiesfera dos hileras de pezuelos. De la esfera mayor prenden, en sus respectiva asas, hasta cinco palomas pequeñas y una mayor que ocupa en centro, con alas extendidas.

  

Pendientes de arracadas circulares, de plata sobredorada, adornacos con incisiones o festón de Zizalino, blucle central del que cuelga una palomo con las alas abierdas con un vidrio verde engastado en garra en el cuerpo y otro vidrio verde engastado en cazoleta cuadrada de la parte posterior, sobre la que se sitúa el cierre. Anillo de boda de hombre, de plata sobredorada con vidrio engastado en dientes de sierra en cazoleta caudrada.

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Indumentaria del hombre                                 

 Se muestran, en las fotos siguientes, tres piezas excepcionales de finales del siglo XIX que constuían el atuendo básico del hombre en nuestra comarca: chaqueta, chaleco y bragas; todos ellos confeccionados en estameña parda y lino, que eran las telas mas usuales.

Foto superior, chaqueta de estameña con forro de algodón

Chalecoy bragas con trapa, de estameña con forro de lino casero.

Chaleco y pantalón azules de tejido casero 

Capa Leonesa de paño negro

La Capa es la prenda más importante y valiosa del traje del hombre. Las más comunes eran pardas de tejido casero o de estameña, con esbozos de telas de algodón de dibujos geométricos. Las capas negras eran de paño más fino, procedente de Astudillo (Palencia) o de Segovia, con esbozos de terciopelo y broche de plata, que los mozos estrenaban para casarse y lucian despues en la fiestas.

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Indumentaria del niño

 Las prendas más destacadas se relacionaban directametne con el bautismo ya que se le regalaban para la ocación, generalmente el padrino, y eran el forlín y el gorro; ambas solían ser prendas confeccionadas en casa, con adornos a base de tiranas de abalorios y cintas de seda y de terciopelo.

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EL MANTÓN DEL RAMO LEONÉS EN VELILLA

Impresionante colección de Mantones del Ramo antiguos de Velilla, todos los que se conservan actualmente procedentes de herencias, reunidos para la exposición sobre esta vistosa prenda de la Indumentaria Tradicional en la Semana Cultural de agosto de 2013.

Enlace al video de entrevistas con las dueñas de las prendas y la charla impartida en la inauguración de la exposición:

http://www.youtube.com/watch?v=By6Y2N2557U&feature=youtu.be

  EL “MANTÓN DEL RAMO”

El llamado “mantón del ramo” es un pañuelo de hombros que aparece a principios del siglo XIX y que, con el paso del tiempo, ha quedado como prenda característica del Alto Órbigo y Tierras de la Bañeza, aunque no exclusiva de estas zonas ni tampoco de la provincia de León, pues podemos encontrar ejemplos en la vecina Zamora. Sin duda, es una prenda elegante y vistosa que obedecía, como todo en el vestir, a las pautas marcadas por la moda del momento.

Los más antiguos son los que se conocen como “merinos”, es decir, los tejidos de lana merina en color marrón o encarnado, de no excesivo tamaño, con cerras y bordados de motivos florales hechos manualmente con lanillas de colores. Sin embargo, el más común, quizá porque haya permanecido un mayor número y porque su producción era industrial, fue el “mantón del ramo” de color negro, tejido con lana fina y en distintos gruesos, que se adornaba con polícromos bordados matizados, semejantes a los anteriores, y en los que también podía incluirse la figura del pavo real. Algunos lo fueron de color aceitoso, con grandes cerras y los mismos temas ornamentales. Tampoco faltaron mantones de seda de fondo y bordado en negro que, como los otros, resultaban ser, en cierta medida, un sucedáneo del “mantón de Manila”, una prenda exclusiva y de alto precio que llegó a Sevilla procedente, primero, de las Islas Filipinas y, después, de Acapulco (Méjico), a través de la que se conoció como Ruta del Mantón de Manila, que perduraría hasta el año 1815. Ese gusto por el mantón fue extendiéndose por toda la península, dando lugar, posiblemente, a los “mantones del ramo” y a un posterior mantón tejido mecánicamente, identificado como de tipo isabelino, que tenía bordados de cadeneta y de punto de arena matizados.

Respecto al ornamento, el “mantón del ramo” se puede clasificar en tres grupos: los que componían de cuatro o nueve rosas, los de flores y bordado de un ave, y aquellos en los que se combinaba el tema floral con dos aves.

A mediados del siglo XIX su formato aumentó, posiblemente por influencia de los chales de seda de Manila, convirtiéndose en el ámbito rural y en los albores del XX, en frecuente regalo de boda del novio, utilizado posteriormente por la futura esposa, como “pañuelo dominguero” o “pañuelo de fiesta”.

Joaquín Alonso